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Renovamos cada día nuestro compromiso con Marcelino y la fé en María.

12/09/2017
Recordando a San Marcelino Champagnat, compartimos con ustedes un texto que llegó a nuestras manos.

"Tuvo un encuentro. Lo sufrió. Seguro le costó lágrimas. ¿Cómo aceptar que un joven muera así en tus brazos…?

Y tuvo un sueño. Amó ese sueño. Pensó en los jóvenes, creyó en ellos. Algo vio en ellos.

Se dice que la gente lo criticaba mucho a Marcelino, y con razón. “Este inconsciente, ¡quiere formar un grupo de maestros y los pibes no saben leer ni escribir! Jaja! ¡Está loco!”.

Seguro hoy muchos también lo dirían. Pero este hombre fue capaz de ver en lo profundo del corazón de los jóvenes. No se quiso fijar en qué universidad habían estudiado o cuánto sabían de computación y tecnología (diríamos hoy…). Se quiso fijar en la bondad que llevaban dentro, en la particularidad de sus vidas que podían reflejar un pedacito del corazón del Padre, y así ser ellos mismos, signos vivos de Su ternura con otros jóvenes, con otros niños. Y por eso los llamó hermanos, y no maestros. Porque un hermano es alguien que tiene un lazo de sangre, un lazo de vida con otro, que es su hermano, su hermana. Y esa sangre es la que te transforma en educador, en guía, en animador, en compañero. Es tu sangre de “hermano”, de “hermana”, la que te empuja a vivir como tal, y a vivir cada encuentro, con la posibilidad de desplegar tu propio color que te fue dado, y que siendo tuyo, no lo es. Fue un regalo, un don, ese que es tuyo, y es de todos.

Y tuvo un sueño. Amó ese sueño. Pensó en los jóvenes, creyó en ellos. Algo vio en ellos."

 






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