Palabras de bienvenida a los alumnos de 1er. año de liceo, 2017

09/03/2017


AÑO DEL BICENTENARIO MARISTA

“Doscientos y más…¡Vive el sueño!”

(Al llegar los alumnos encuentran, en el piso de los corredores y escaleras que conducen al gimnasio, una línea de tiempo que marca momentos significativos de la historia marista y de la vida de Marcelino Champagnat, con cuatro de ellos representados por animadores).

Conocer la Historia de un país, de un pueblo, de un grupo humano, al igual que recordar la vida de las personascon las que tratamos y la nuestra propia, resulta muy útil por varios motivos. En primer lugar, porque desde el punto de vista emocional nos mantiene conectados con nuestros afectos, nos recuerda cada día quiénes somos; al re –conocer a los seres queridos que nos rodean, nos sentimos re– conocidos por ellos. Cuando el pequeño bebé mira el rostro de su madre que a su vez lo mira con amor, empieza él mismo a sentirse valioso, a construir su sentido de identidad, a confiar en sí mismo y a crecer psicológicamente. Imaginemos que, como tristemente ocurre con algunas enfermedades, se nos borrara de la memoria la capacidad de recordar, de reconocer; que cada día de nuestra vida fuera como el primero. No solo no sabríamos quienes son las personas que nos rodean, no sabríamos dónde estamos ni qué debemos hacer, en definitiva no sabríamos ni quiénes somos: perderíamos nuestra identidad.

Pero hay otra razón por la cual es importante conocer el pasado y recordarlo. Los acontecimientos humanos están llenos de aciertos y errores. Tanto en las vidas individuales como en la marcha de las comunidades y las naciones. A pesar del dicho que dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, la verdad es que pese a que muchas veces repetimos las equivocaciones, también es cierto que progresamos aprendiendo de ellas. Sin corregir errores no hay avance científico ni aprendizaje moral.

Y si reconocer lo que ha salido mal es importante, más lo es recordar los aciertos. Las historias que salen bien nos marcan caminos, nos dan confianza que se puede, nos brindan un piso, una base desde la cual hacer nuestro camino y también nos señalan nuestras responsabilidades. Honramos a Artigas porque no tenemos ya que luchar para ser un pueblo libre. Pero debemos sí –cada uno de nosotros– cuidar nuestra libertad. El mérito de las personas no se mide por lo que han recibido, sino por lo que son capaces de hacer con aquello que la vida ha puesto a su alcance.

Hoy celebramos doscientos años del comienzo de los maristas en el mundo. Es una coincidencia, una casualidad del almanaque que ustedes comiencen esta nueva etapa, tan importante de sus vidas, justo cuando estamos festejando este aniversario. Pero veamos qué podemos aprender, cómo podemos aprovechar esa herencia que recibimos para mejorar lo que somos como estudiantes, como hijos, como personas.

¿Qué puede aportarles el sumar, al conjunto de señas que les dan identidad –nombre, familia, patria– el ser maristas. Para responder esta pregunta vamos a comentar brevemente cuatro episodios de la vida de Marcelino Champagnat –el fundador de los maristas– que están marcados especialmente en la línea de tiempo que ustedes recorrían hasta llegar aquí, a este lugar, donde está empezando su historia de liceales maristas.

En primer término reparemos en el compromiso de Fourviére. El 23 de julio de 1816, apenas terminada su formación como sacerdote, Marcelino y un grupo de jóvenes curas, preocupados por las consecuencias de los enfrentamientos que se derivan de la Revolución Francesa, suben a la colina llamada Fourviére, en la ciudad de Lyon, donde se levantaba ya entonces un templo, visible desde toda la ciudad, y que es hasta hoy lugar de peregrinación. En ese lugar firman un documento en el que se comprometen a fundar una congregación religiosa bajo el nombre de María. A pocos días de celebrar el Día Internacional de la mujer, es bueno tener presente que aquellos veiteañeros ven en la figura femenina de María todas las virtudes de la paz, la serenidad, el heroísmo manso que las mujeres, y especialmente las madres, han aportado a la historia del mundo. Mientras los varones hemos hecho por miles de años las guerras, las mujeres han curado, cocinado, acunado, protegido a los suyos, en definitiva han sostenido la civilización y asegurado la continuidad de la especie humana. Por eso no debe extrañar que Collin, uno de aquellos “locos soñadores” que junto a Marcelino firmaron ese compromiso haya dicho que su propósito era “conquistar al mundo con el amor de María”. Hoy el sueño no está completo, pero hay escuelas, alumnos y maestros maristas en casi 90 países, y miles y miles de personas dedican lo mejor de su esfuerzo a mantener vivo aquel compromiso de transformación. Ustedes también están invitados.

En segundo término está tal vez el acontecimiento más importante en la vida de Marcelino. Se define por la solidaridad, por la empatía, por la misericordia, que quiere decir conmoverse profundamente con lo que le pasa a otra persona. El 28 de octubre del mismo año en que hiciera el compromiso, a Marcelino lo llaman de una casa en el campo en la que un adolescente estaba gravemente enfermo, para asistirlo. Era una familia unida en el afecto, pero abandonada por la sociedad. Al hablar con el joven moribundo Marcelino se dio cuenta que era totalmente ignorante, no había recibido la más mínima educación y su vida se acababa sin haber tenido oportunidad de preguntarse sobre el sentido de la misma. Marcelino pasó la noche confortándolo y hablándole de Dios. Al amanecer, Juan Bautista Montagne – que así se llamaba el adolescente enfermo – muere y Marcelino, en paz pero conmovido, decide que de ahí en adelante va a dedicar todo su esfuerzo para educar a los niños y adolescentes, especialmente a los menos favorecidos y olvidados. De una tragedia singular nace un proyecto colectivo que doscientos años después es una realidad para cientos de miles de niños y adolescentes alrededor del mundo que, como ustedes, se educan en el estilo marista.

En tercer lugar, quiero mencionar la experiencia de vida en comunidad de La Vallá. Ustedes ven aquí una mesa que parece muy gastada por el tiempo. Es una reproducción bastante exacta de la mesa que de conserva hoy en una casa de La Vallá, un pequeño pueblo del centro – sur de Francia donde Marcelino fue destinadocomo vicario por el obispo en 1816. En esa casa y en torno a esa mesa empezó realmente la historia marista. Es una casa distante unos doscientos metros del templo parroquial donde Marcelino ejercía y que con gran esfuerzo alquiló, para comenzar allí la formación de los primeros hermanos y maestros –solo dos al principio–. Aquellos primeros hermanos eran apenas adolescentes cuyos conocimientos iniciales no eran mucho más completos que los de los niños a los que les iban a servir como maestros. Ellos y Marcelino debieron trabajar muy duramente para preparase. En cada ocasión que Marcelino podía, recorría el par de cuadras que separaba a la parroquia de la casa y los ayudaba con los estudios y siempre estaba presente para compartir la comida y conversar con ellos. Una mesa es símbolo de familia, de reunión, de diálogo. Y esos son los valores de vida en comunidad que nos recuerda esta mesa. Este año ustedes son invitados de manera especial a sentarse a la mesa marista y a trabajar como aquellos jóvenes para preparase para los desafíos que les aguardan. Se puede empezar con poco, pero si se sueña en grande se logran resultados increíbles.

Por último, un acontecimiento que nos toca muy de cerca: cuando Marcelino es declarado Santo por la Iglesia a través del Papa de ese momento, Juan Pablo II. Ese proceso que se llama canonización, requiere según las complejas reglas del Vaticano, que la persona presentada como candidato a ser reconocido como santo –alguien ya fallecido, que ya completó su paso por este mundo– haya sido parte de algunos sucesos donde pasó algo extraordinario, sucesos que muestre su sintonía con la voluntad de Dios. Y aquí es donde entra nuestros Colegio. En 1976 el HermanoHeriberto Webber, que había sido maestro en el Zorrilla, cae gravemente enfermo. Era de origen alemán y había venido como tantos otros en 1937, cuando su patria estaba sumida en la locura del nazismo. Con los recursos técnicos de la época, sobre todo radiografías,los médicos lediagnosticanque padece de cáncer avanzado de pulmón. Conocida la gravedad del estado de salud de Heriberto, Ignacio del Pozo, que era el Hermano Provincial (el “jefe”, digamos, de los hermanos maristas de Uruguay) pide que se rece una novena por la curación del enfermo. La novena es una oración muy antigua que consiste en reunirse una comunidad durante nueve días para rezar pidiendo una gracia concreta. Los Hermanos junto a los alumnos y otras personas lo hacen, pidiendo la recuperación del enfermo por la mediación de Marcelino. Al noveno día el enfermo siente una mejoría súbita e imprevisible. Realizadas nuevas radiografías los signos de la enfermedad han desaparecido. Según los médicos de la época la curación fue inexplicable por (cito): “rápida, completa y duradera”. Esta curación milagrosa es una de las razones por la que la Iglesia el 3 de julio de 1999 proclamara a Marcelino como Santo. Pero más allá de lo espectacular de esta historia, cabe preguntarse por qué la Iglesia necesita a los Santos, ¿no alcanza con rezarle a Dios como hacen otras iglesias cristianas? A veces hay confusión en este punto. Los santos no son superhéroes de la religión. Han sido personas comunes como nosotros. Pero todo grupo humano necesita modelos de referencia, líderes que marquen un camino. Y siempre hay personas comunes que se trazan metas extraordinarias y dejan todo para alcanzarlas porque están convencidos de que sus sueños son buenos. Para la Iglesia los santos muestran una actitud de vida que es buena para hacer un mundo mejor, más parecido a los valores del Evangelio. Y es por eso que Marcelino está presente hoy, aquí con ustedes. Porque los invita a comprometerse con buenos proyectos, a estar atentos a los demás, a solidarizarse con el dolor de los otros y a hacer algo para aliviarlo, a vivir en comunidad con los demás, reconociéndonos unos a otros a pesar de ser todos distintos, como se reconocen los miembros de la misma familia. A vivir y realizar esos sueños, que hoy comienzan una etapa decisiva, están todos invitados.

 

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